El mejor de los mundos

Vozpopuli

A George Orwell

Crisis sempiterna, así la llama Andrea. Desde que era una niña se acostumbró a las carencias como quien se adapta a vivir en el desierto y renuncia al oasis. A lo que sí no pudo acostumbrarse fue a escuchar a aquel individuo que iba por el barrio con un altavoz, recordando a los vecinos lo que no debían hacer. La crisis era, según el susodicho, un espejismo, una invención del enemigo. Y acababa el discurso con una frase que hablaba de las bondades del sistema. Lo que no debían hacer o decir se aconsejaba por el bien común, para que el adversario no los confundiera con sus cantos de sirena. A Andrea le producía urticaria la voz chillona de aquel hombre de la estatura de un hobbit, de unos cincuenta años, calvo y con la cara llena de baches. Pasaba tres veces a la semana a la hora de la siesta. Cuando terminaba su arenga se escuchaba Oda a la Alegría.

El bobo del pueblo tenía su propia teoría sobre la crisis que no coincidía con la versión oficial. «Un día salgo y le retuerzo el pescuezo», murmuraba con los dientes apretados, mientras caminaba nervioso por el salón de su casa. «Esto no es una prohibición, es una sugerencia por vuestro bien, gritaba el hombrecito y Tomás se estrujaba las manos y apretaba más los dientes. «Cabrón. Un día salgo y te vas a tragar la bocina. Yo no te creo, nadie te cree, ni tú mismo te lo crees. Cierra las ventanas, María, que me voy a buscar una desgracia», le gritaba a la hermana solterona que cuidaba de él.

El día que el hombrecito recomendó a los vecinos evitar el criterio propio, Tomás le dijo a Andrea que se mudaría a otro barrio; no estaba dispuesto a aguantar un segundo más al tipo del megáfono. Se encasquetó la gorra de marinero que había sido de su abuelo y le pidió que lo acompañara a la costa. Se escondió detrás de unos mangles hasta que cayó la noche. Un amigo lo recogió en una barca y lo puso a salvo de aquella locura colectiva.

Aunque han pasado más de treinta años, Andrea sueña frecuentemente con el rictus amargo de Tomás y su angustia mientras oteaba el horizonte. Treinta años sin el bobo del pueblo, sin Pepe el pescador, sin Juliana la santera, sin Mariano el dulcero, sin Carmita la comadrona, sin Mario el bodeguero. Hasta el hombre que parecía un hobbit, el de la cantinela y la cara llena de baches, cansado de su propio discurso se mudó a otra provincia. Andrea se ha quedado sola en el barrio, rumiando la otra teoría sobre la crisis, la del tan cacareado bloqueo. Lucha por acallar las voces que dentro de su cabeza intentan convencerla de que todo es mentira; que aquel, como dijera Cándido el lunático, es el mejor de los mundos posibles.  

Foto: Vozpópuli

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