Cartas


Mi madre me escribe cartas. No tiene correo electrónico. Y si hubiera Internet en el pueblo  ella no podría usarlo. Me habla de la familia, del barrio, del gatito de mi padre, del calor, de sus alumnos, de los achaques, de la abuela que a los noventa años mantiene la sonrisa que la hace más joven cada día. En la caligrafía está el olor de su piel, el abrazo que me niega la distancia, los recuerdos de la casa familiar. Cada palabra tiene vida propia, se va enlazando con otra y otra para construir una historia de ausencias y breves reencuentros. En las noches pienso en sus cartas, en su voz, en las caricias de la infancia, en los regaños y en alguna nalgada oportuna.  Cada letra me devuelve la lluvia de las tardes, las novelas de amor en la radio, el sonido del trueno, el olor de las flores del patio, el sabor del mango y la guayaba, el aroma de los frijoles negros, un bolero en el sosiego de la noche, el abuelo mezclando colores sobre una cartulina en la mesa del comedor. Mi madre me escribe cartas que cabalgan sobre las olas y pasan de mano en mano hasta que llegan a mi buzón casi un mes después de la partida. En el sobre, de su puño y letra, veo el nombre y una dirección que conozco de memoria. Huelen a tinta fresca  sus  besos,  te quiero, cuídame a mi nieto, los extraño, y hasta puedo adivinar una lágrima que, insistente, quiso borrar alguna palabra.

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