Veinticinco años no caben en dos maletas, pensó con angustia. Debía seleccionar cuidadosamente los objetos más queridos, los que la habían ayudado a aferrarse a su pasado. Tuvo que vender unos cuantos recuerdos para pagarse el billete de vuelta. Lo más doloroso fue la venta de las ilusiones y la trenza de su madre atada con una cinta azul marino. Una señora que paseaba al perro la compró porque decía que era un talismán que la ayudaría a vencer la enfermedad que le estaba robando la memoria. Hacía calor y la plaza del Mercado se quedó vacía cuando se marchó el último vendedor a las dos de la tarde. Ella se sentó en un banco y contempló absorta la estatua del emigrante. Él había muerto hacía años en tierra ajena, y ella estaba a punto de regresar a la suya porque la nostalgia se había convertido en un fardo demasiado pesado para su figura leve. Veinticinco años no caben en dos maletas, se repetía mientras la tarde naufragaba en el horizonte. El emigrante la observaba desde su propia congoja. Él había dejado atrás su terruño para no volver. Ella regresaba al suyo después de veinticinco años para curarse de las heridas que deja a veces el amor cuando se empecina en rasgarnos el alma.
Foto:Waldemar (Unsplash)
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