La radio

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A la Habana de 1994                                             

Mientras en la radio hablan de xenofobia, de elecciones, de atentados y de ballenas que deciden suicidarse en la orilla de algún océano, ella intenta desvestir su ausencia para calentar su propio cuerpo. Le cuesta porque tiene las ropas muy ceñidas, duerme  profundamente y no quiere que se le moleste.

Ha vuelto a casa después de un día estéril, definitivamente absurdo como los anteriores. Es tarde y está exhausta. Procura dejar atrás el  bullicio de una ciudad caótica y de un pavimento carcomido por el salitre y la indiferencia. Busca a tientas el silencio, se sirve un té, descorre las cortinas y se deja seducir por el encanto de una noche lluviosa.

La calle oscura y mojada se desliza sigilosa entre las sábanas de un lecho vacío. Hoy tampoco vendrá. Él pretende que ella le crea que vive con su mujer pero duerme en la habitación de al lado. Que no la ama. Su lado ingenuo le sonríe complaciente pero su parte curtida lo maldice mientras se consume en la rabia y el deseo.

El agua intenta fluir con parsimonia mientras en la radio estallan bombas, gritos, consignas y otra vez solo la lluvia y ella son testigos de la demencia colectiva. Un coro de lunáticos canta himnos importados e invita al fanatismo y la sumisión. Cree que va a vomitar. Intenta apagar la radio pero no puede, no quiere. Como se niega rotundamente a odiarlo a él, necesita arremeter contra alguien y la radio le sirve un motivo en bandeja de plata.

Es más fácil repudiar las bombas… ¡Y él que no llega! El té se ha enfriado. Es mejor así. Caliente le hace daño. La lluvia se abraza ahora con desesperación a las aceras, los tejados, las farolas y, por último, a su cuerpo. La golpea hasta dejarla sin sentido. Pretende que todo desaparezca tragado por su incontenible furia.


Ya no le importa si escampa, si viene o no, o sí, pero disimula su ansiedad clavándose las uñas en las palmas de las manos. Se muerde los labios y un líquido dulce le recorre la lengua y la garganta. Cierra los ojos y sale al aguacero. Desnuda. Apretando los puños  corre calle abajo. En la radio han cesado las bombas y las ballenas regresan a su rutina en las profundidades. Una melodía conocida y punzante le recuerda, burlona, que él finalmente  no vendrá.

Belkys Rodríguez Blanco ©

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