Literatura

Paisajes ajenos

A Kathy Ella llora en la distancia la pérdida de su padre. Yo no vi morir a mis abuelos. Otros han perdido el rumbo. Lágrimas derramadas en suelo extraño. Sobrevivir al duelo en paisajes ajenos. Olores que no reconocemos. Jirones del alma que nunca recuperamos. No somos de ningún sitio. Estamos en un limbo, en

La maleta

Veinticinco años no caben en dos maletas, pensó con angustia. Debía seleccionar cuidadosamente los objetos más queridos, los que la habían ayudado a aferrarse a su pasado. Tuvo que vender unos cuantos recuerdos para pagarse el billete de vuelta. Lo más doloroso fue la venta de las ilusiones y la trenza de su madre atada

El jubilado

No se lo puede creer. Cuando era un jovencito costaban un par de centavos. Se quita los espejuelos y los limpia. Vuelve a colocárselos y allí sigue el cartelito con el precio como una burla. Mil ochocientos pesos por una escoba. Seguro que está encantada y puede volar, piensa y sonríe con amargura. No cree

El cocuyo aventurero

Unas goticas de agua se escaparon de una nube gris pasajera y el cocuyo Andrés se refugió en la mata de guayaba. Aún no se había marchado el sol, pero a él le gustaba salir temprano para observar a los escandalosos gorriones disputándose un sitio para dormir en la mata de chirimoya. Andrés era un

El condenado

El viejo camina lento, de espaldas al amanecer. Le pesan los años luchando para nada. Se escucha una campana que tañe lúgubre, marcando el compás de un día que se asoma indiferente. Un perro sarnoso aúlla pidiendo el fin de su agonía. En este paraje estéril nunca hubo esperanza. Patrañas y cantos de sirena. Sacrificios

El ahogado

Se lo tragó el agua o la desidia, no sé bien. Lo cierto es que caminó hasta el borde del acantilado y al cabo de unos minutos desapareció. A pocos metros estaba aparcado su todoterreno con las llaves en el contacto. Una música melancólica sonaba en la radio. Sobre el asiento del copiloto yacía un

La decepción

El ángel de la guarda me ha mordido el talón. Reprimí el grito para que los vecinos no llamen a la policía. No es la primera vez que los despierto por culpa de mis pesadillas, y la pareja mayor que vive en el dúplex de al lado marca el número de los maderos. Son las

La Regenta aterriza en La Habana

Si Leopoldo Alas “Clarín”, el gran novelista español del siglo XIX, resucitara se sonrojaría o tal vez volvería a morir, esta vez de risa, leyendo La Regenta en La Habana (Edebé, 2012) de la autora cubana, residente en Estados Unidos, Teresa Dovalpage. El paralelismo que establece entre el personaje de Clarín y Yoana, una profesora