Unas goticas de agua se escaparon de una nube gris pasajera y el cocuyo Andrés se refugió en la mata de guayaba. Aún no se había marchado el sol, pero a él le gustaba salir temprano para observar a los escandalosos gorriones disputándose un sitio para dormir en la mata de chirimoya. Andrés era un cocuyo muy peculiar. Tenía la capacidad de volverse invisible cuando detectaba el peligro. Había sobrevivido a las cacerías nocturnas de los chicos del barrio Pastorita. Cada vez que atrapaban a uno de sus congéneres lo metían en un frasco de cristal con pequeños agujeros en la tapa. Cuando el recipiente se llenaba de cocuyos era como si los chiquillos hubieran encendido una linterna. Decían los viejos del barrio que así se alumbraban los aborígenes cubanos.
A Andrés le gustaba aquel patio donde crecía y daba exquisitos frutos la mata de guayaba. Un señor mayor la había sembrado y cuidaba de ella con esmero. Andrés lo escuchaba susurrarle palabras. Entonces el árbol se inclinaba un poco y abrazaba al hombre con sus ramas como si quisiera protegerlo. El cocuyo aspiraba profundamente el olor de la fruta. No era goloso, sin embargo un día fue tal su curiosidad que se posó sobre una guayaba madurita y abrió la boca para darle un mordisco. El gallo Perico, que lo observaba con cara de pocos amigos desde el suelo, cantó con todas sus fuerzas para ahuyentar al intruso. Andrés, sobresaltado, voló raudo y se refugió en el nido donde mamá gorriona calentaba a sus polluelos. Pronunció las palabras mágicas, cerró los farolitos de sus ojos y se quedó muy quieto hasta que se volvió invisible. Por nada del mundo quería llamar la atención de la madre que cuidaba con celo a su prole. Pero el plumaje de mamá gorriona le provocó una alergia tremenda y un estornudo intempestivo la puso en alerta.
El cocuyo aventurero
Aterrorizado, Andrés voló y fue a cobijarse en la casita del perro que dormía profundamente después del almuerzo. Los dos faroles de sus ojos alumbraron el refugio de Canelo y el animal, con el lomo erizado, olfateó el espacio. Andrés intentó volverse invisible, pero su viejo truco falló. Tembloroso miró al perro a los ojos intentando deslumbrarlo. Los ladridos de Canelo alertaron a su amigo el gallo que corrió para ver qué sucedía en el otro lado del patio. La lagartija Jacinta, que le gustaba hacer la siesta escondida dentro de una orquídea, despertó de mal humor y asomó la cabecita intentando averiguar el motivo de tanta algarabía. La rana Celeste croaba, Canelo ladraba y Perico cantaba. Mientras tanto, Andrés cerró los ojos con fuerza esperando lo peor. Si salía de esta jamás volvería a irse de excursión antes de que el sol se fuera a descansar. Su abuelo se lo había repetido mil veces, pero él era un cocuyo porfiado y aventurero y ahora pagaría el precio por su osadía.
La voz, ahora autoritaria de Julián, el señor que cuidaba la mata de guayaba, puso orden en el patio. Canelo dejó de ladrar y comenzó a mover la cola. Perico dejó de cantar y se subió al respaldo de un taburete. Jacinta se arrebujó dentro de la orquídea y continuó su siesta, Celeste se acomodó en silencio en una hoja de la mata de orégano, y los gorriones se fueron con su bulla al patio del vecino. Con el corazón en un puño, Andrés fue saliendo lentamente de la casa de Canelo y sus dos farolitos de color verde intenso tropezaron con la sonrisa cómplice de Julián. Nunca antes había visto un cocuyo a plena luz del sol y esto le provocó una gran curiosidad. Extendió la mano y Andrés, confiado, se posó en el dedo índice. Julián lo observó fascinado y le susurró las mismas palabras que hacían que las ramas de la mata de guayaba lo abrazaran. El cocuyo se sintió parte de la familia que había encontrado un hogar en el patio de Julián. Allí se quedó, esperando el atardecer y cuando la noche extendió su manto y bordó sobre él millones de estrellas, Andrés encendió sus dos farolitos verdes para alumbrar el corazón de sus nuevos amigos.
Foto: iNaturalist Ecuador
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