La nube descarriada

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A Sandra, Dani y Joaquín.


La nube negra perdió la noción del tiempo y del espacio y se dejó llevar por el viento cálido y húmedo. Sus hermanas, todas impolutas y fieles al redil, se avergonzaron de la nube descarriada y la enviaron al exilio. Ella, harta de remilgos y desplantes, se lanzó sin remordimientos a los brazos del cielo Atlántico. Después de un largo viaje, llovió sobre el océano y luego sobre una isla donde las montañas agonizaban desnudas, prisioneras de la sequía.

Desde su atalaya, Tomasa –así se llamaba aquel cumulonimbus indomable–, conoció a Barranco Seco y sintió pena. Solo piedras y tierra cuarteada cubrían el despeñadero. A duras penas, castigado por el sol inclemente, alzó la vista y en sus ojos suplicantes Tomasa pudo ver su sed ancestral. La nube descarriada experimentó un sentimiento desconocido: la piedad. Por eso, sin pensárselo dos veces, dejó caer sobre su nuevo amigo toda el agua que acumulaba en sus entrañas.

Tanta lluvia cayó aquel día sobre la isla que los barcos de papel salieron a la calle a festejarlo. Los niños gritaban y chapoteaban sin importarles la fuerza del agua que arrastraba todo a su paso. Barranco Seco, feliz, le mandó un beso voláo a Tomasa. Ella, ruborizada, le regaló las últimas gotas que le quedaban en su panza de burro. Ahora, completamente blanca y satisfecha, anda a la caza de aire cálido y húmedo para coger fuerzas y descargar nuevas tormentas sobre cualquier trozo de tierra sedienta. Orgullosa de su libertad, sobrevuela volcanes, roques y pinares, dueña y señora de su destino.


Belkys Rodríguez Blanco ©

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