A Kathy
Ella llora en la distancia la pérdida de su padre. Yo no vi morir a mis abuelos. Otros han perdido el rumbo. Lágrimas derramadas en suelo extraño. Sobrevivir al duelo en paisajes ajenos. Olores que no reconocemos. Jirones del alma que nunca recuperamos. No somos de ningún sitio. Estamos en un limbo, en la espera absurda de encontrar lo que dejamos atrás allí donde el azar nos lleva. Demasiado expuestas las raíces a las tempestades. Demasiado dolor que no arregla el psicoanalista. Recuerdos que no caben en la maleta, tampoco las fotos de familia, las reuniones de los domingos, el aroma del café en la cocina de la abuela, los primeros amores, los besos furtivos en la plaza del pueblo.
Ella se lamenta por lo que nos fue arrebatado. La distancia desdibujando sin piedad lo querido. Pagar por los errores de otros. Otros que ni siquiera saben que existimos. Ni les importa. Solo somos números para la continuidad de la dinastía. Tiritar de rabia y de frío. Aprender otras lenguas en las que jamás podrás expresar tus sentimientos. Soñar en otros idiomas. Despertar con la angustia atenazando las cuerdas vocales. Preguntarte una y mil veces si has hecho lo correcto. Lidiar con la nueva piel que te protegerá de los vientos y la locura. La culpa, la maldita culpa. Mirar cada día el mar sabiendo que todo lo que eres se quedó anclado del otro lado del horizonte. Envejecer sabiendo que no volverás, que otros también se marcharán y tendrán que llorar a sus muertos en paisajes ajenos.
Foto: Dmitry Denisov
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