La isla maldita

cuba

La rabia y la esperanza coquetean con el insomnio. Son aliadas y no antagonistas. Esa isla maldita no se la quita nadie de la piel, del recuerdo, de la sangre. Es su isla también les guste o no. Y le duelen la pobreza, la mordaza, el perro hambriento, las sombras que se mueven sigilosas buscando en los basureros algo que echarse a la tripa. No puede pegar ojo pensando en los sacrificios de su abuelo, de su padre, para nada. Agoniza mientras piensa en la casa familiar, el limonero y el aroma a café en la cocina de la abuela. En la distancia no se mitiga la desesperación, el dolor por la tierra que se pudre. Hay un indolente juego macabro en los que piden más sacrificios, en los que se obstinan en poner un dique para contener el río desbordado.

Las lágrimas de una mujer sencilla que no tiene para dar de comer a sus hijos la laceran. Siente su angustia en sus propias carnes. Sangran las viejas heridas en el insomnio y también las culpas y las ausencias. Quién puede pegar ojo con tanta injusticia. Discursos vacíos, caducados, putrefactos, el disco rayado, la mentira maquillada y repetida hasta el hartazgo. A miles de kilómetros esa isla se hunde bajo sus pies. Y no puede hacer nada para evitar el naufragio. Solo rezarle a un dios en el que no cree para que ocurra un milagro.

Foto: JF Martin (Unsplash)

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