La dama de los gatos

gatos

A mi amiga Gabi

Dicen que dormitan horas sobre su regazo. Que en las noches de luna llena entonan una melodía gatuna que embelesa los sentidos. Que cambian de color como las lagartijas cuando se suben a los árboles para refugiarse entre sus ramas y acechar a los ratones que abandonan sus madrigueras durante la noche en busca de alimento. Dicen tantas cosas de lo que ocurre en la casona de la dama de los gatos. Yo la conozco solo de oídas. Es una señora bella y misteriosa que vive en una finquita en las afueras de Madrid. Su perro pastor lord Byron cuida de los gatos y de las gallinas ponedoras. Los felinos se arremolinan a su lado y a veces le muerden las orejas o juegan con su cola. Byron es paciente o tal vez un poco pasota. Suspira resignado y aparta gentilmente a las crías que son las más revoltosas.

Ariscona avispona es quizás la más inquieta y espabilada. Llega despacito por detrás y de un salto se sube en la enorme cabeza del pastor alemán. Le encantan las orejas de Byron y amasar su cuello peludo. Él agacha la cabeza y vuelve a suspirar. Sabe que Ariscona no tiene remedio. Cierra los ojos y se queda quieto con la cabeza entre las patas, mientras la gatita hace de las suyas.

Clavelito es amarillo y tiene los ojos verdes. Le encanta subirse a la mesa y dormitar entre las plantas de la terraza. Cola de zorro observa cauteloso desde la rama de un árbol. Es muy desconfiado; cree que si Byron se lo propone se lo puede zampar de un bocado. El bello Jacinto y el príncipe Carbón son negros como la noche sin luna. Escondidos entre la vegetación del jardín andan siempre tramando alguna fechoría. Cuando cae la tarde sus ojos brillan como cuatro candiles. A Gregorio lo llaman el afilador porque se gusta arañar. Salta de un árbol a otro asiéndose con sus afiladas garras. La dama cree que le ha pedido prestadas sus alas a algún murciélago porque más que saltar parece que vuela.

La bella Caramelo ya no se pasea por las tierras de la finca. Dicen que era la preferida de la señora. Vive ahora en el cielo de los animalitos. Se marchó hace un tiempo y dejó una herida en el corazón de la dama. Ahora es la guardiana del lugar y su espíritu vaga entre las rosas y los geranios maullando quedamente. Pero la dama de los gatos no tiene tiempo para lamentarse. Siempre está muy atareada alimentando a sus gallinas, contando las nuevas camadas, regañando a Pepinillo o al Gato con Botas cuando se disponen a robarle la comida a la hermosa Aceituna, al pequeño Barbarito Diez o al presumido Noche de Ronda. El pasota de Byron duerme a pata suelta y no se da cuenta jamás del barullo de la gatería.

La propia dama no sabe cuántos gatos tiene en su finquita a las afueras de Madrid. Cada día llegan más a sus predios. Quizás se ha corrido la voz de los manjares que se sirven en aquel paraíso arbolado. Los pajarillos pregonan la bondad de una señora que dicen, a mí no me crean, que en las noches de luna creciente se convierte en una gata barcina que ronronea enredada en las raíces del cedro, y luego salta a la rama más alta para convertirse en la vigía de la finca. Yo solo repito lo que a mis atentos oídos llega. La historia, cierta o no, de la dama de los gatos.

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